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TRASTORNOS DE LA ALIMENTACIÓN O ¿QUÉ ES COMER?
Por: Virginia Hernández Ricárdez


Con amor para Luis Roberto papá!
Sigmund Freud afirmó que nunca se nombra en balde, que cuando algo adquiere un nombre tendremos que preguntarnos el por qué de su especificidad. Así que si en este momento hablamos de la existencia de tantos niños y niñas con problemas de alimentación, anorexias, bulimias, y en el otro extremo niños y niñas con problemas de sobrepeso, tendríamos que pensar en ello, quizá como una entidad diferencial tal y como mucha gente habla de ellos: como trastornos de la alimentación.


En la actualidad existe tal exceso de anoréxic@s, bulímic@s, o gordito@s por todos lados, que muchas veces se llega a afirmar que se trata de un síntoma histérico, (como si eso fuera fácil, dicho sea de paso), lo cual puede ser correcto en muchos casos. Pero si bien muchas veces podemos tomar a los “eating disorders” (elegante forma americana para llamar a lo mismo: trastornos de la alimentación) como pura histeria, en algunos otros casos es muy difícil tomarlos de esa forma.


Revisemos un poco por qué se le considera un síntoma histérico, devaluando el sufrimiento de quien lo padece.
Freud nos aportó un maravilloso ejemplo de lo que llamó la infección psíquica, en el apartado sobre la identificación en su trabajo titulado: Psicología de las Masas y Análisis del Yo de 1921. De hecho lo consideró la tercera forma de producción de un síntoma. Freud nos comunicó el caso de una señorita que mientras estaba en un internado recibió una carta de su novio en donde le anuncia que la abandona, motivo por el cual la citada señorita sufre una crisis histérica. Sus amigas, otras internas padecen exactamente la misma crisis. Freud reflexiona en lo que sucede y descubre que se debe a la peculiar capacidad de la histérica para imitar la situación del otro, es por ello que han entrado en esa condición. El mecanismo dice Freud, es el de la identificación sobre la base de poder o querer ponerse en la misma situación. 1

Así es que se puede pensar aunque con torpeza, que efectivamente algún@s histéric@s han encontrado a través de los medios de comunicación, un modelo sobre el cual han podido falsear una identificación, pero se trata de una simulación en el sentido de una simulación histérica, no de una falsedad o manipulación consciente, sino de una representación inconsciente, y por esa identificación llegan a desarrollar un trastorno alimenticio.
Se trata de un intento de presentarse ante el Otro disfrazado con estos rasgos, que en realidad son el último grito de la moda. Pues la o el histérico busca un eje identificatorio de forma desesperada. Al igual que en el caso de las chicas del internado; y en la actualidad un eje identificatorio posible para ser parte del grupo, sería padecer un trastorno alimenticio.
De esta forma podemos afirmar que hay trastorno de la alimentación como epifenómeno (Fenómeno accesorio que acompaña al fenómeno principal y que no tiene influencia sobre él), de cualquier estructura clínica, llámese neurosis, perversión o psicosis, y por supuesto que se puede añadir a cualquier estructura clínica, aunque por sí mismo no constituye una estructura clínica.


Pero si existen trastornos alimenticios histéricos, como ya vimos, en el sentido de tomar el trastorno como eje identificatorio, también existe la otra modalidad, pues tenemos que recordar que una de las muchachas sí recibió la carta, a ella sí la abandonó realmente el muchacho. Si seguimos pensando en el trastorno de la alimentación, podemos asimilar este hecho, con que una muchacha sí recibió la carta, y está respondiendo con su trastorno alimenticio a algo real que le está pasando.
Eso desde la histeria, pero ¿qué es la alimentación? O ¿qué es comer?

La alimentación va mucho más allá de la función nutricia del cuerpo, es un hecho que está ligado al nacimiento mismo de las relaciones del sujeto con los otros. Se inicia por el estado de necesidad absoluta del cachorro humano de la comida que sólo puede llegarle a través del Otro. Función que la mayoría de las veces es ejercida por la madre del pequeño (aunque no siempre), quien en un primer momento ocupa el lugar de su semejante, pero por la gran importancia que ella misma se concede frente a su hijo, en poco tiempo ocupa el lugar del Otro para el niño. Con respecto a la comida, en el acto de comer, todo niño depende de ese Otro, pues a diferencia de la respiración ante la cual el bebé recién nacido tiene un reflejo innato e instintivo que le permite respirar sin mediación del Otro, lo cual por cierto no va a ser ningún impedimento para que a lo largo de su desarrollo este reflejo también pueda llegar a ser trastornado por la intermediación del Otro, llegando a afectar su respiración. (Pensemos en el asma, nada más como ejemplo.) Volviendo al registro de la alimentación, es una actividad para la cual el bebé humano depende absolutamente de cómo el Otro se dirija a él, pues el pequeño se encuentra ante esa necesidad sin ninguna orientación instintiva.


Y es precisamente porque la alimentación es un hecho fundador de la entrada del niño al mundo de lo humano, que nadie ha carecido de algún trastorno de la alimentación en algún momento de su vida. Es casi una verdad universal que por una u otra razón todos tendremos algún desorden alimenticio en algún momento de nuestra vida.

Volvamos entonces al asunto de la comida.
Siempre que pensamos en la alimentación, la consideramos desde el lado de la madre.
Pues sabemos que el niño recién nacido está totalmente sometido a que el Otro lo guíe y le ofrezca el pecho sin el cual él no puede sobrevivir. Y tal como bien lo descubre Freud una madre alimenta a su hijo y se toma esas molestias porque el hijo le representa el órgano de goce que la madre carece.

La madre da el pecho significando un goce, significando porque le propone el pecho a un ser al que le propone la palabra. Una madre apuesta a que ese cachorrito será un sujeto, y por eso no nada más le da el pecho sino que también le habla.
Al interpretar (nombrar) la madre las distintas necesidades del bebé, la madre transforma esa necesidad en demanda y en ese mismo acto, le dona el lenguaje y el campo de la pulsión. La pulsión equivale al ingreso en el lenguaje.
Así que no se trata meramente de que el niño coma por comer, lo que se entiende como responder al cuerpo de la necesidad y no al cuerpo de la demanda; alimentar  para que crezca el organismo no es lo mismo que nutrir para que se alimente el alma.
Por eso sobran anécdotas de madres que ofrecen biberones con alimento a los bebés para que coman, cuidando que los cuerpos de la necesidad biológica sean alimentados, pero descuidando el desarrollo psíquico.

Como sabemos una madre puede atender de muy diversos modos al llamado de su hijo. Desde las respuestas que van hacia el intento de retacar sus boquitas hasta asfixiarlos con la papilla de su amor (palabras más menos de Lacan) hasta aquellas que
expresando el odio más feroz permanecen sordas ante la solicitud (léase llanto) del niño. Por eso no hay mayor sensación de desamparo que la indiferencia, y para un niño que una madre no responda a su apelación, a su llamado puede ser devastador.
Aunque responder a los requerimientos de un niño, pueda llegar a ser una faena pesada para la madre, pues para toda madre el mero hecho de encargarse de decriptar el llanto de su hijo es una tarea difícil, algo que le requiere mucho esmero, Freud afirmó que si la madre hace semejante esfuerzo es porque su hijo entra, bajo el modo de una ecuación, a equivaler aquello que le falta. Si el bebé no le reportara a su madre una porción de goce que le falta, entonces ninguna madre se ocuparía de su bebé. (Como vemos no se trata de un amor altruista, siempre hay algo a cambio)
Pero como el bebé le retribuye a la madre una gran porción de goce narcisístico, ella está dispuesta a darle a cambio el inmenso ofrecimiento de sus dones sobre todo durante los primeros tiempos de la alimentación. La madre donará: 1. Don de su ritmo, música escrita con los vaivenes de su ausencia, campo donde puede surgir la demanda del niño, el hambre del niño, primeros atisbos del deseo del Otro; 2.

Ofrecimiento a los ojos del bebé del don maravilloso de la mirada de ella, alrededor de la cual el bebé acomodará su mirada, pues sin esa apoyatura el niño carece de armazones para acomodar la suya y no podrá mirar a los ojos; 3. El don de su abrazo, pues al sostenerlo en los brazos le transmite el tono muscular tan necesario para el control de sus esfínteres; 4. Le donará el lenguaje, pues le habla, aunque no de forma continua pues eso lo abrumaría, con su goce invocante, pero le habla, de tal suerte que la madre otorga lo mejor de todo, el campo del lenguaje, o sea los dones del padre.
Y de este modo al otorgar sus dones, los otorga bajo el modo de lo que se llama la intrincación pulsional, que es una forma elegante de decir que la pulsión de vida está justamente acentuada en el entretejido de las pulsiones. Mientras que cuando una pulsión se independiza de las otras, se desintrinca, se desenreda, y al liberarse, al quedar suelta, se acerca peligrosamente a la ribera de la muerte. Se convierte de hecho en pulsión de muerte, pulsión thanática. (Basta y sobra con pensar en la pulsión oral que al desanudarse puede llevar a un ser humano a comer hasta los 500 kilos o a no comer, por ejemplo).

Una madre es más vital para su hijo, más vectora de Eros, más llena de amor, cuanto más intrinca sus pulsiones en la crianza. Al así hacerlo pasa las primeras limitaciones al goce pulsional bajo la forma de un goce que al coexistir con otro, lo limita.
Esta intrincación indica que la madre limita normativamente su goce sobre el chico.
Pero eso, sólo lo hace si y sólo si, es capaz de amar al padre, por eso el acto de comer, reúne lo que en psicoanálisis se llama los complejos materno y paterno, pues en el acto de comer se encuentran mezclados, de tal suerte que la palabra acompaña siempre al comer – comemos, platicamos, y seguimos comiendo – y más que eso.
Amar al padre, quiere decir que la comida ingresa al marco de la Ley del Padre. Y por tanto, toda comida entra a formar parte de los modos normativos del padre, por eso no puede existir una comida que no sea un Banquete. (O cuando menos no debería existir para ningún pequeño).

Un Banquete quiere decir que se cuida la escena, cuidado escópico: (la mirada) dónde nos sentamos, cómo nos vestimos, cómo manejamos los modales, (cuidado sobre el cuerpo simbólico del pequeño), ‐comemos, miramos, y seguimos comiendo. Los modos normativos de comer. (Baste y sobre recordar a los abuelos exigiendo su lugar, como ejemplo). Se trata de que el objeto oral que es la comida quede subordinado a la Ley del Padre, y de conseguir que esté enredado con el resto de las pulsiones, la voz, la mirada, el tono muscular, para que siempre quede organizado e historizado, pues los problemas más graves que existen con la alimentación se dan cuando la pulsión oral no hace serie, ni queda enmarcada por la Ley del Padre.

Si ingresa la comida junto con la Ley uno podría decir que en el Banquete, el objeto oral se ha coordinado con la Ley del Padre. Es decir que el objeto oral está intrincado con el resto de las pulsiones y está enmarcado por lo que organiza cualquier escena, pues como sabemos aquello que organiza, regula y enmarca siempre es la Ley que proviene del Padre.
Hablar de banquete por tanto es hablar de cualquier comida cotidiana normativa, cualquier comida que lleve a un niño a transitar por las vías del amor del padre, reconociendo que paradójicamente casi lo menos significativo es la comida, y lo más
importante, es lo que la transforma en un banquete. Así sea la más sencilla de las comidas, un desayuno, o una cena, cualquier alimento, aún aquel que hacemos a solas, pero para el que disponemos de un mantelito, de unos buenos modales porque hemos aprendido que ni en esos momentos estamos solos, pues aún entonces nos encontramos con aquellos que nos han inscrito en el mundo humano al cual pertenecemos: mamá y papá.

 

1 Freud. Sigmund. Obras Completas. Tomo XVIII, Psicología de las Masas y Análisis del Yo (1921),
Argentina, 2004. Pág. 101.